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A mediados de 1860, algunos vecinos de Chinácota, atraídos por la abundancia de la quina y por la riqueza de la fauna, empezaron a hacer excursiones originando las primeras rancherías.
José Antonio Bautista había hecho la suya en el sitio que hoy ocupa la pesa. Un día, dice la tradición oral, salió de su ranchería, con su escopeta, una lanza y una perra de compañía. En el trayecto de varias cuadras había matado varias aves con las cuales iba formando un sartal. De pronto se vio rodeado de un hato de váquiros y en tales apuros no halló más salvación que subirse a un tronco.
Ante el ataque de estas animales salvajes, el tronco amenazaba caerse. Fue entonces cuando José Antonio Bautista acudió a San Antonio de Padua, ofreciéndole levantarle una capilla en aquel lugar si lo libraba del percance. De improviso como si los váquiros hubieran oído una señal salieron huyendo.

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